Las creencias con las que se fabrica el techo de cristal

ALEJANDRA AGUDO

No hay una sola mujer que habite hoy el planeta que vaya a conocer la igualdad de género. Al menos, no de continuar el ritmo actual de progreso hacia tal objetivo. Una niña nacida hoy tendría que vivir más de 202 años para experimentar qué significa tener las mismas oportunidades, salario, derechos, poder, voz… Que los hombres. Pese a los avances conseguidos desde la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing de 1995 en la lucha contra la violencia de género, la reducción de la mortalidad materna o garantizar la educación para las niñas, los prejuicios representan un lastre que ha ralentizado el paso. Todavía en 2020, un 47,4% de la población del mundo dice que los varones son mejores líderes políticos y un 41,4% cree que son más idóneos para mandar en los negocios. Es lo que ha encontrado un estudio del Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicado este jueves.

“Es inaceptable e insatisfactorio. Los cambios no suceden a la velocidad y escala necesarias”, opina Raquel Lagunas, asesora para cuestiones de igualdad de género en el PNUD, sobre los dos siglos que llevará cerrar la brecha de género. “Las normas sociales, las expectativas, los prejuicios, los sesgos de género, el sistema de creencias son los mayores obstáculos para seguir progresando”, explica por teléfono. Para Pedro Conceição, director del equipo encargado del Informe sobre Desarrollo Humano, un ejemplo claro se ve en la participación política. “Las mujeres no tenían derecho al voto a principios del siglo XX. Ahora sí, es un progreso básico. Pero si miras a los jefes de Estado, ellas apenas representan un 5%”, apunta desde su despacho en Nueva York.

El techo de cristal no solo impide el ascenso de las mujeres en la esfera del poder político, sino también económico y social. Mientras que algunas leyes y programas han abierto algunas grietas, esta barrera se mantiene fuerte a base de ideas contrarias a la igualdad de género. De acuerdo con el estudio, el 91% de los hombres y el 86% de las mujeres de los 75 países (81% de la población global) en los que se han realizado encuestas tienen al menos uno de esos pensamientos machistas. Aparte de los ya citados sobre la capacidad para ser líderes, un 30% cree que está justificado que un varón pegue a su pareja y el 50% de los hombres cree que ellos tienen más derecho a un trabajo.

Estos prejuicios no son solo cosa de hombres. De hecho, las mujeres también tienen incorporadas estas ideas machistas en sus pensamientos que acaban paralizando el progreso de todas y también de sí mismas. “Los sesgos de género son inhibidores de oportunidades. Por ejemplo, a partir de los 12 años, las niñas empiezan a levantar menos la mano en clase; con lo que se restan posibilidades de expresar sus ideas. Es tres veces más difícil para las mujeres llegar a ser políticas por barreras externas, pero también por sesgos propios”, apunta Lagunas.

Al ritmo actual, se tardarán 202 años en cerrar la brecha de género

Esto se traduce en una sobre representación de la población femenina en trabajos informales y precarios, así como no remunerados en el hogar. Pero apenas un 21% son empleadoras y un 12% millonarias. “Las mujeres hoy son las más cualificadas de la historia (…) Pero parece que eso no es suficiente para conseguir la igualdad en la edad adulta”, escriben los autores. La elección de las opciones educativas también está condicionada por los prejuicios. Así, solo un 15% de las graduadas en carreras relacionadas con la ciencia, tecnología y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) son chicas.

En la esfera privada, las normas sociales también tienen un impacto negativo sobre la vida de las mujeres. Cada año, 12 millones de niñas son víctimas de matrimonios forzados, lo que en la mayoría de los casos significa que tienen que dejar sus estudios, quedan embarazadas a muy temprana edad y están expuestas a un mayor riesgo de sufrir complicaciones en el parto. “Por regiones, las mayores tasas se dan en África con un 36% de mujeres enlazadas antes de cumplir los 18, y el sur de Asia con un 29%”, destaca el estudio del PNUD. Además, cuatro millones están en riesgo de ser sometidas a la mutilación genital femenina anualmente. El 70% de las víctimas de trata detectadas en todo el mundo son niñas y mujeres, la mayoría de ellas con fines de explotación sexual. “Es sorprendente que una de cada 20 niñas de 15 a 19 años —alrededor de 13 millones— haya sufrido un acto de violación en su vida, una de las formas más violentas de abuso sexual que pueden sufrir”, denuncia un informe lanzado por Unicef en el marco de la campaña Generación Igualdad.

“El sistema de normas y creencias lo incorporamos desde que somos pequeños; son sesgos inconscientes de género sobre lo que significa ser hombre y mujer”, analiza Lagunas. En general, la sociedad espera que ellas sean las encargadas del hogar y ellos lleven el pan a casa, detalla el informe. “Trabajar esto requiere una nueva metodología”, anota la experta. “Tiene que haber un cambio sistémico en la familia, que es la institución más resistente al cambio porque se considera privada, y también en la escuela, la religión, los medios de comunicación, la cultura… En definitiva, en los espacios de socialización”.El 30% de los encuestados en 75 países cree que está justificado que un hombre pegue a su pareja

El documento del PNUD insta a los Gobiernos a tomar una batería de medidas en esta línea. Dar un salto de lo tangible —leyes, políticas, compromisos y declaraciones públicas— a lo invisible. Cambiar mentalidades requiere de intervenciones “más complejas”, reconoce Lagunas. “Pero se puede conseguir cerrar la brecha”, comenta positiva. “Ahora se necesitan otras políticas. Lo más efectivo en este sentido es crear conciencia, un sistema de incentivos y más inversión en educación”, enumera Conceição. Una vía es, por ejemplo, impulsar los permisos de paternidad. “Esto cambiará la expectativa de que siempre será la madre quien cuide del bebé”, explica. Lagunas propone “conversaciones significativas” como se trabaja en algunos programas sobre igualdad de género del PNUD. “Es una cuenta pendiente cómo trabajar con hombres y niños”, añade.

Además de la complejidad, este tipo de intervenciones enfrentan otros retos. Uno de ellos es que los resultados se observarán en el largo plazo y los mandatarios suelen buscar resultados rápido. La igualdad de género tiene que convertirse en un “compromiso de país”, afirma Lagunas. La calle, tomada por una marea morada de mujeres a nivel global, lo está reclamando. El movimiento feminista ha tomado fuerza en los últimos años; fenómenos como el Me Too, el Ni una menos y más recientemente la expansión del himno Un violador en tu camino dan cuenta de ello. Pero algunos líderes no solo son cortoplacistas, sino que no creen que la igualdad de género sea un objetivo a perseguir, como establece la Agenda 2030 de desarrollo sostenible que acordaron todos los países miembros de las Naciones Unidas. “La sociedad tiene sesgos de género, no es sorprendente que se reflejen en sus líderes”, opina Conceição.

Otra piedra en el camino hacia la igualdad de género es el surgimiento de nuevas discriminaciones. El director del informe de desarrollo humano del PNUD apunta dos. Las que generan el cambio climático y las nuevas tecnologías.  Ellas son “más vulnerables” al primero pues son quienes mayoritariamente desempeñan labores relacionadas con la naturaleza, como la agricultura. En cuanto a la brecha digital, Conceição subraya cómo los algoritmos y la inteligencia artificial “restan oportunidades de trabajo a las mujeres pues los sesgos de género hacen que se oferten las opciones mejor remuneradas a los hombres”.

El horizonte dibujado en la Declaración de Beijing, “el plan más progresista que jamás había existido para promover los derechos de la mujer”, según ONU Mujeres, sigue lejos. “Hace 25 años, los gobiernos del mundo asumieron un compromiso con las mujeres y las niñas, pero solo han cumplido parcialmente su promesa. Aunque la comunidad internacional ha demostrado la voluntad política necesaria para enviar a muchas niñas a la escuela, ha fracasado vergonzosamente a la hora de dotarlas de las aptitudes y el apoyo que necesitan no solo para labrarse su propio futuro, sino para vivir con seguridad y dignidad”, afirma en un comunicado la directora ejecutiva de Unicef, Henrietta Fore. “El acceso a la educación no es suficiente, debemos también cambiar los comportamientos y las actitudes hacia las niñas. La verdadera igualdad solo llegará cuando todas las niñas estén a salvo de la violencia, sean libres de ejercer sus derechos y puedan disfrutar de las mismas oportunidades en la vida”, zanja.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2020/02/26/planeta_futuro/1582741781_843286.html

¿Por qué los países liderados por mujeres parecen haber respondido mejor a la crisis del coronavirus?

La crisis abierta por la pandemia del coronavirus en todo el mundo ha puesto a prueba a los líderes políticos y ha mostrado una realidad novedosa: desde Islandia hasta Taiwán y desde Alemania hasta Nueva Zelanda, son las mujeres quienes se están destacando en el manejo de la nueva contingencia.

Si además sumamos lo que sucede en Finlandia, Islandia y Dinamarca, podemos decir que esta pandemia reveló que las mujeres tienen lo que se necesita cuando las cosas se complican, o cuando, como dice el dicho popular “las papas queman”. Al menos, así lo estableció esta semana un artículo publicado por Forbes.

Alguien podría objetar que se trata de países pequeños, islas u otras excepciones. Pero Alemania es grande y líder y, si la comparamos con el Reino Unido -gobernado por Boris Johnson- esta última es una isla con resultados muy diferentes.

Angela Merkel (Markus Schreiber/ Pool vía Reuters/ File Photo)
Angela Merkel (Markus Schreiber/ Pool vía Reuters/ File Photo)

Lo cierto es que estas mujeres líderes nos están regalando una forma alternativa y atractiva de ejercer poder. ¿Pero qué nos están enseñando?

Verdad

El 11 de marzo pasado, la canciller alemana Angela Merkel se levantó temprano y con calma le dijo a sus compatriotas que estaban ante un problema grave que infectaría hasta el 70% de la población. “Es serio”, dijo, “hay que tomarlo en serio”, insistió. Así lo hizo, y el resto de la población también. Las pruebas se hicieron desde el principio, de forma masiva. Alemania saltó así las fases de negación, ira y falta de sinceridad que hemos visto en otros lugares. Y el resultado está a la vista: los números de muertos y de contagios están por debajo de sus vecinos europeos, y hay indicios de que podrían comenzar a relajar las restricciones relativamente pronto.

Decisión

Entre las primeras respuestas ante la crisis estuvo la presidente de Taiwán, Tsai Ing-wen. En enero, a la primera señal de que se asistía a la irrupción de una nueva enfermedad, implementó 124 medidas para bloquear la propagación, sin tener que recurrir a las restricciones totales que se han vuelto comunes en otros lugares. En la actualidad, Taiwán está enviando 10 millones de máscaras faciales a los Estados Unidos y Europa. La gestión de Tsai pasará a la historia como lo que CNN ha llamado “de las mejores respuestas del mundo”, manteniendo la epidemia bajo control y reportando apenas seis muertos.

Tsai Ing-Wen, presidenta de Taiwán (Reuters/ Ann Wang)
Tsai Ing-Wen, presidenta de Taiwán (Reuters/ Ann Wang)

Jacinda Ardern, por su parte, primera ministra de Nueva Zelanda, tomó la decisión de imponer el cierre de forma prematura, y fue muy clara sobre el nivel máximo de alerta al que estaba sometiendo al país, y por qué. Impuso el autoaislamiento a las personas que ingresaban a Nueva Zelanda de manera asombrosamente temprana, cuando solo había 6 casos en todo el país, y prohibió la entrada de extranjeros por completo poco después. Ahora, esa claridad y decisión están salvando a Nueva Zelanda de la tormenta. A mediados de abril habían sufrido solo cuatro muertes, y Ardern acaba de ordenar que todos los neozelandeses que regresan al país estén en cuarentena en lugares designados durante 14 días.

Mette Frederiksen (Ritzau Scanpix vía Reuters)
Mette Frederiksen (Ritzau Scanpix vía Reuters)

La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, también decidió cerrar las fronteras de su país, los jardines de infancia, las escuelas y las universidades de forma temprana, y prohibió las reuniones de más de 10 personas. Seguramente a eso se deba que ha logrado controlar los contagios, y eso se ha reflejado en los números: una encuesta de principios de marzo dice que el 79% de los daneses considera que está haciendo un buen trabajo.

Jacinda Ardern (Nicolas LandemardLe Pictorium/ Le Pictorium Agency vía Zuma/ Shutterstock)
Jacinda Ardern (Nicolas LandemardLe Pictorium/ Le Pictorium Agency vía Zuma/ Shutterstock)

Tecnología

Islandia, bajo el liderazgo de la primera ministra Katrín Jakobsdóttir, está poniendo a disposición de sus ciudadanos pruebas gratuitas de coronavirus y, en consecuencia, se convertirá en un caso de estudio clave para determinar las verdaderas tasas de propagación y mortalidad de COVID-19. La mayoría de los países tienen pruebas limitadas para personas con síntomas activos. Por el contrario, en relación con su población, Islandia ya ha examinó a cinco veces más personas que Corea del Sur, e instituyó un sistema de seguimiento exhaustivo que los ayudó a ni siquiera tener que cerrar las escuelas.

Mandatory Credit: Photo by Isopix/Shutterstock (10163780am) Katrin Jakobsdottir EU Summit, Bruselas, Bélgica , 22 de marzo de 2019
Mandatory Credit: Photo by Isopix/Shutterstock (10163780am) Katrin Jakobsdottir EU Summit, Bruselas, Bélgica , 22 de marzo de 2019

Sanna Marin se convirtió en la jefa de Estado más joven del mundo cuando fue elegida en diciembre pasado como primera ministra de Finlandia. Puede que hiciera falta una líder política millennial para implementar el uso de influencers de las redes sociales como agentes claves a la hora de combatir la crisis del coronavirus. Partiendo de la base de que no todos los finlandeses leen la prensa tradicional, los influencers de distintas edades se han convertido en voceros a la hora de difundir información científica sobre el manejo de la pandemia.

Sanna Marin, la premier más joven del mundo (Mandatory Credit, foto: by Isopix/Shutterstock)
Sanna Marin, la premier más joven del mundo (Mandatory Credit, foto: by Isopix/Shutterstock)

Amor

La primera ministra de Noruega, Erna Solberg, tuvo la idea innovadora de usar la televisión para hablar directamente con los niños de su país. Se trató de una conferencia en la que no se permitieron adultos. Con paciencia y calma, la premier respondió a las preguntas de los niños de todo el país, tomándose el tiempo para explicar por qué incluso estaba bien sentir miedo. También la premier danesa, Mette Frederiksen fue ampliamente elogiada por sus discursos francos y con instrucciones claras para la nación. Incluso ha divertido a la población al publicar un video en Facebook en el que ella lava los platos mientras canta junto a los poppers daneses de la década de 1980 Dodo y los Dodos.¿Cuántas otras innovaciones simples y humanas desencadenaría más liderazgo femenino? En general, la empatía y la atención que todas estas líderes femeninas han desplegado parece provenir de un universo alternativo al que nos hemos acostumbrado.

Ahora, comparemos a estas líderes y sus actitudes, con los políticos-hombres-fuertes, que utilizan la crisis para acelerar una aterradora trifecta de autoritarismo: culpar a “otros”, controlar el poder judicial, y demonizar a los periodistas, entre otras cosas. De acuerdo con Forbes, años de investigación han sugerido tímidamente que los estilos de liderazgo de las mujeres pueden ser diferentes y beneficiosos.

Erna Solberg (Mandatory Credit: Photo by Isopix/Shutterstock)
Erna Solberg (Mandatory Credit: Photo by Isopix/Shutterstock)

En cambio, aún restan demasiadas organizaciones políticas y compañías que creen que para liderar, o alcanzar el éxito, las mujeres deben comportarse más como hombres. Esta pandemia parece haber llegado para demostrar que se equivocan.

Fuente: https://www.infobae.com/america/mundo/2020/04/14/por-que-los-paises-liderados-por-mujeres-parecen-haber-respondido-mejor-a-la-crisis-del-coronavirus/

¿En “estado de alarma” frente a qué?

LUISA POSADA KUBISSA

Me gustaría saber quiénes son esas malvadas feministas que no estarían de acuerdo en que “es necesario acabar con la prostitución” y en que “la falta de derechos de las mujeres no es el camino”. Yo, que llevo ya más de cuarenta años en asuntos feministas, no conozco a ninguna.

Me gustaría saber quiénes son esas perversas feministas que conforman un “matonismo pandillero” que no acepta de buen grado que las mujeres prostituidas “puedan subsistir estos meses siendo más independientes y autónomas”. Y que, de manera mezquina y cicatera, les habrían negado su ayuda, no aportando además ni un euro, ni un céntimo de euro, para apoyar a estas mujeres en tan dura situación como la que actualmente viven y vivimos.

Estas cosas se dicen en un artículo reciente y quiero centrar de qué hablo con mayor seriedad. Pero, antes de nada, quisiera dejar claro también que no me parece momento para dirimir una disputa feminista de manera más o menos bronca: creo que el contexto trágico en el que nos movemos hoy no es en absoluto el escenario idóneo para ninguna confrontación. Sin embargo, me ha parecido que el artículo publicado por Clara Serra hace unos días sí tiene ese tono. Y que, por lo mismo, se hace ineludible darle alguna respuesta, aunque sea tratando de hacerlo desde la más que recomendable serenidad.

El artículo del que hablo se titula acertadamente “Las trabajadoras sexuales en estado de alarma”. Y digo que es un título acertado porque lo que pretende, contra lo que pueda parecer, no es dar la voz de alarma sobre la desamparada situación de estas mujeres; no es denunciar sus condiciones infrahumanas de explotación por parte de puteros, proxenetas y empresarios del sexo; no es exponer la existencia brutal de la trata con fines de explotación sexual; no es, en fin, impugnar la cara más violenta del patriarcado y la cruel mercantilización de los cuerpos y las vidas femeninas. No. El estado de alarma del que se nos alerta lo provocaría el feminismo abolicionista. No el sistema patriarcal explotador, no el orden del capitalismo neoliberal “despiadado y cruel”, por decirlo en términos de Marx. No. Según la autora la alarma hay que darla frente a la reclamación del feminismo abolicionista.

Pero criminalizar a una parte – y no pequeña- del feminismo de la realidad lacerante de las condiciones de vida actuales de las mujeres en el mercado prostitucional, eximiendo a los verdaderos responsables, no es solo, con serlo, un auténtico acto de injusticia feminista: creo que es también una maniobra de manipulación más propia de posiciones políticas de signo poco defendible. En momentos como estos de una crisis sin precedentes y de una inconmensurable tragedia humana, hacer recaer la responsabilidad de la situación, sin duda desesperada, de estas mujeres en otras mujeres -que serían su verdadero enemigo- es simple y llanamente un acto de irresponsable demagogia.

Escribir que “podríamos esperar que el feminismo se hubiera puesto de acuerdo para defender a estas mujeres. Defenderlas de los que quieren explotarlas”, es tanto como pretender que se desconocen las medidas públicas que, precisamente para defender a las mujeres en prostitución, se pusieron en marcha en países como Suecia, por ejemplo, ya desde 1999. Unas medidas orientadas a la abolición de la prostitución, que garantizan, nunca criminalizan, la integridad y la dignidad de las mujeres prostituidas. Pero este tipo de políticas públicas, en las que el feminismo se ha puesto de acuerdo para defender a estas mujeres, no hace falta que se las explique a la alarmada autora.

Me consta que tampoco hace falta que le explique las diferencias que hay entre reivindicar abolir la prostitución como institución y defender “más pobreza y más inseguridad para las mujeres” en prostitución. Ninguna feminista abolicionista en su sano juicio confundiría ambas cosas. Pero me consta que la autora conoce bien los debates feministas en torno a la prostitución. Y con ello los argumentos que se manejan en los mismos, con lo que no hace falta repetírselos aquí. Lo que sí me parece necesario evidenciar es que lo que ella califica de “cruzada moral” -pretendiendo descalificar así todo pensamiento que no comulgue con sus ideas- es más bien un movimiento que cada día va creciendo más y más en el feminismo y calando más y más en el tejido social.

Un movimiento que entiende que la pervivencia de determinadas prácticas de violencia y de mercantilización del cuerpo y la vida de las mujeres es incompatible con una sociedad a la que sobre todo hoy tenemos más que nunca que aspirar: una sociedad más igualitaria, más humana, más al cuidado del bien común y de la “buena vida” para todas y para todos.

Como feministas, y como defensoras de ese futuro social, tenemos que estar por supuesto del lado de las exigencias de protección de las mujeres prostituidas en esta situación extrema que viven con la pandemia global. Y esto es algo tan obvio que no parecería ni siquiera necesario tener que explicitarlo. No lo parecería de no ser que, como ha ocurrido, se haya buscado explicitar lo contrario. Resulta incomprensible el porqué de este ataque a una buena parte del feminismo, el porqué de su criminalización y, sobre todo, el porqué de pretender que con ello se estaría favoreciendo a este colectivo hoy totalmente desamparado por quienes siempre lo han explotado. Y, no nos engañemos, aspiran a seguir haciéndolo en condiciones legalmente más ventajosas para ellos, nunca para las mujeres.

Como ya he dicho, no es mi intención entrar en el enfrentamiento o la descalificación: creo que no es un momento para reproducir algunas viejas contiendas feministas. O, al menos, no para reproducirlas en un tono que solo contribuya a exacerbar la división. Pero, dejando toda insidia de lado, me ha parecido obligado hacer las anteriores puntualizaciones a la autora y, sobre todo, a las lectoras y lectores de su artículo. Y hacerlo porque no es de recibo que se quiera demonizar a una parte nada desdeñable del feminismo. No es de recibo inculpar gratuitamente al abolicionismo señalándolo como verdugo. No es de recibo exculpar con ello a la alianza criminal entre patriarcado y neocapitalismo. Y todo esto no es de recibo porque tampoco ayuda a mejorar hoy por hoy las condiciones materiales de vida de las mujeres por las que habla.

Fuente: https://www.eldiario.es/zonacritica/alarma-frente_6_1014958508.html