11 cualidades de un buen docente | por Paulo Freire

Ilustración del dibujante brasileño Edgar Vasques

«Es viviendo —no importa si con deslices o incoherencias, pero sí dispuesto a superarlos— la humildad, la amorosidad, la valentía, la tolerancia, la competencia, la capacidad de decidir, la seguridad, la ética, la justicia, la tensión entre la paciencia y la impaciencia, la parsimonia verbal, como contribuyo a crear la escuela alegre, a forjar la escuela feliz. » Paulo Freire


  Artículo del filósofo y educador brasileño, Paulo Freire sobre las cualidades que debe tener un  docente
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Por: Paulo Freire
Me gustaría dejar bien claro que las cualidades de las que voy a hablar y que me parecen indispensables para las educadoras y para los educadores progresistas son predicados que se van generando con la práctica. Más aún, son generados de manera coherente con la opción política de naturaleza crítica del educador. Por esto mismo, las cualidades de las que hablaré no son algo con lo que nacemos o que encarnamos por decreto o recibimos de regalo. Por otro lado, al ser alineadas en este texto no quiero atribuirles ningún juicio de valor por el orden en el que aparecen. Todas ellas son necesarias para la práctica educativa progresista. 
Comenzaré por la humildad, que de ningún modo significa falta de respeto hacia nosotros mismos, ánimo acomodaticio o cobardía. Al contrario, la humildad exige valentía, confianza en nosotros mismos, respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás. 
La humildad nos ayuda a reconocer esta sentencia obvia: nadie lo sabe todo, nadie lo ignora todo. Todos sabemos algo, todos ignoramos algo. Sin humildad, difícilmente escucharemos a alguien al que consideramos demasiado alejado de nuestro nivel de competencia. Pero la humildad que nos hace escuchar a aquel considerado como menos competente que nosotros no es un acto de condescendencia de nuestra parte o un comportamiento de quien paga una promesa hecha con fervor: «Prometo a Santa Lucía que si el problema de mis ojos no es algo serio voy a escuchar con atención a los rudos e ignorantes padres de mis alumnos». No, no se trata de eso. Escuchar con atención a quien nos busca, sin importar su nivel intelectual, es un deber humano y un gusto democrático nada elitista. 
De hecho, no veo cómo es posible conciliar la adhesión al sueño democrático, la superación de los preconceptos, con la postura no humilde, arrogante, en que nos sentimos llenos de nosotros mismos. Cómo escuchar al otro, cómo dialogar, si sólo me oigo a mí mismo, si sólo me veo a mí mismo, si nadie que no sea yo mismo me mueve o me conmueve. Por otro lado, si siendo humilde no me minimizo ni acepto que me humillen, estoy siempre abierto a aprender y a enseñar. La humildad me ayuda a no dejarme encerrar jamás en el circuito de mi verdad. Uno de los auxiliares fundamentales de la humildad es el sentido común que nos advierte que con ciertas actitudes estamos cerca de superar el límite a partir del cual nos perdemos. 
La arrogancia del «¿sabe con quién está hablando?», la soberbia del sabelotodo incontenido en el gusto de hacer conocido y reconocido su saber, todo esto no tiene nada que ver con la mansedumbre, ni con la apatía del humilde. Es que la humildad no florece en la inseguridad de las personas sino en la seguridad insegura de los cautos. Por eso es que una de las expresiones de la humildad es la seguridad insegura, la certeza incierta y no la certeza demasiado segura de sí misma. La postura del autoritario, en cambio, es sectaria. La suya es la única verdad que necesariamente debe ser impuesta a los demás. Es en su verdad donde radica la salvación de los demás. Su saber es «iluminador» de la «oscuridad» o de la ignorancia de los otros, que por lo mismo deben estar sometidos al saber y a la arrogancia del autoritario o de la autoritaria. 
Ahora retomo el análisis del autoritarismo, no importa si de los padres o de las madres, si de los maestros o de las maestras. Autoritarismo frente al cual podremos esperar de los hijos o de los alumnos posiciones a veces rebeldes, refractarias a cualquier límite como disciplina o autoridad, pero a veces también apatía, obediencia exagerada, anuencia sin crítica o resistencia al discurso autoritario, renuncia a sí mismo, miedo a la libertad.
Al decir que del autoritarismo se pueden esperar varios tipos de reacciones entiendo que en el dominio de lo humano, por suerte, las cosas no se dan mecánicamente. De esta manera es posible que ciertos niños sobrevivan casi ilesos al rigor del arbitrio, lo que no nos autoriza a manejar esa posibilidad y a no esforzarnos por ser menos autoritarios, si no en nombre del sueño democrático por lo menos en nombre del respeto al ser en formación de nuestros hijos e hijas, de nuestros alumnos y alumnas. 
Pero es preciso sumar otra cualidad a la humildad con que la maestra actúa y se relaciona con sus alumnos, y esta cualidad es la amorosidad sin la cual su trabajo pierde el significado. Y amorosidad no sólo para los alumnos sino para el propio proceso de enseñar. Debo confesar, sin ninguna duda, que no creo que sin una especie de «amor armado», como diría el poeta Tiago de Melo, la educadora o el educador puedan sobrevivir a las negatividades de su quehacer. Las injusticias, la indiferencia del poder público, expresadas en la desvergüenza de los salarios, en el arbitrio con que son castigadas las maestras y no tías que se rebelan y participan en manifestaciones de protesta a través de su sindicato —pero a pesar de esto continúan entregándose a su trabajo con los alumnos—.
 Sin embargo, es preciso que ese amor sea en realidad un «amor armado», un amor luchador de quien se afirma en el derecho o en el deber de tener el derecho de luchar, de denunciar, de anunciar. Es ésta la forma de amar indispensable para el educador progresista y que es preciso que todos nosotros aprendamos y vivamos. 
Pero sucede que la amorosidad de la que hablo, el sueño por el que peleo y para cuya realización me preparo permanentemente, exigen que yo invente en mí, en mi experiencia social, otra cualidad: la valentía de luchar al lado de la valentía de amar. 

La valentía como virtud no es algo que se encuentre fuera de mí mismo. Como superación de mi miedo, ella lo implica. 
En primer lugar, cuando hablamos del miedo debemos estar absolutamente seguros de que estamos hablando sobre algo muy concreto. Es decir que el miedo no es una abstracción. En segundo lugar, creo que debemos saber que estamos hablando de una cosa muy normal. Otro punto que me viene a la mente es que, cuando pensamos en el miedo, llegamos a reflexionar sobre la necesidad de ser muy claros respecto a nuestras opciones, lo cual exige ciertos procedimientos y prácticas concretas que son las propias experiencias que provocan el miedo. 
A medida que tengo más y más claridad sobre mi opción, sobre mis sueños, que son sustantivamente políticos y adjetivamente pedagógicos, en la medida en que reconozco que como educador soy un político, también entiendo mejor las razones por las cuales tengo miedo y percibo cuánto tenemos aún por andar para mejorar nuestra democracia. Es que al poner en práctica un tipo de educación que provoca de manera crítica la conciencia del educando, necesariamente trabajamos contra algunos mitos que nos deforman. Al cuestionar esos mitos también enfrentamos al poder dominante, puesto que ellos son expresiones de ese poder, de su ideología. 
Cuando comenzamos a ser asaltados por miedos concretos, tales como el miedo a perder el empleo o a no alcanzar cierta promoción, sentimos la necesidad de poner ciertos límites a nuestro miedo. Antes que nada reconocemos que sentir miedo es manifestación de que estamos vivos. No tengo que esconder mis temores. Pero lo que no puedo permitir es que mi miedo me paralice. Si estoy seguro de mi sueño político, debo continuar mi lucha con tácticas que disminuyan el riesgo que corro. Por eso es tan importante gobernar mi miedo, educar mi miedo, de donde nace finalmente mi valentía. Por eso es que no puedo por un lado negar mi miedo y por el otro abandonarme a él, sino que preciso controlarlo, y es en el ejercicio de esta práctica donde se va construyendo mi valentía necesaria. 
Es por esta razón que hay miedo sin valentía, que es el miedo que nos avasalla, que nos paraliza, pero no hay valentía sin miedo, que es el miedo que, «hablando» de nosotros como gente, va siendo limitado, sometido y controlado. 
Otra virtud es la tolerancia. Sin ella es imposible realizar un trabajo pedagógico serio, sin ella es inviable una experiencia democrática auténtica; sin ella, la práctica educativa progresista se desdice. La tolerancia, sin embargo, no es una posición irresponsable de quien juega el juego del «hagamos de cuenta». 
Ser tolerante no significa ponerse en connivencia con lo intolerable, no es encubrir lo intolerable, no es amansar al agresor ni disfrazarlo. La tolerancia es la virtud que nos enseña a convivir con lo que es diferente, a aprender con lo diferente, a respetar lo diferente. 
En un primer momento parece que hablar de tolerancia es casi como hablar de favor. Es como si ser tolerante fuese una forma cortés, delicada, de aceptar o tolerar la presencia no muy deseada de mi contrario. Una manera civilizada de consentir en una convivencia que de hecho me repugna. Eso es hipocresía, no tolerancia. Y la hipocresía es un defecto, un desvalor. La tolerancia es una virtud. Por eso mismo si la vivo, debo vivirla como algo que asumo. Como algo que me hace coherente como ser histórico, inconcluso, que estoy siendo en una primera instancia, y en segundo lugar, con mi opción político-democrática. No veo cómo podremos ser democráticos sin experimentar, como principio fundamental, la tolerancia y la convivencia con lo que nos es diferente. 
Nadie aprende tolerancia en un clima de irresponsabilidad en el cual no se hace democracia. El acto de tolerar implica el clima de establecer límites, de principios que deben ser respetados. Es por esto por lo que la tolerancia no es la simple connivencia con lo intolerable. Bajo el régimen autoritario, en el cual se exacerba la autoridad, o bajo el régimen licencioso, en el que la libertad no se limita, difícilmente aprenderemos la tolerancia. La tolerancia requiere respeto, disciplina, ética. El autoritario, empapado de prejuicios sobre el sexo, las clases, las razas, jamás podrá ser tolerante si antes no vence sus prejuicios. Por esta razón el discurso progresista del prejuiciado, en contraste con su práctica, es un discurso falso. Es por esto también que el cientificista es igualmente intolerante, porque toma o entiende la ciencia como la verdad última y nada vale fuera de ella, pues es ella la que nos da la seguridad de la que no se puede dudar. No hay cómo ser tolerantes si estamos inmersos en el cientificismo, cosa que no debe llevarnos a la negación de la ciencia. 
Me gustaría ahora agrupar la decisión, la seguridad, la tensión entre la paciencia y la impaciencia y la alegría de vivir como cualidades que deben ser cultivadas por nosotros si somos educadores y educadoras progresistas. 
La capacidad de decisión de la educadora o del educador es absolutamente necesaria en su trabajo formador. Es probando su habilitación para decidir como la educadora enseña la difícil virtud de la decisión. Difícil en la medida en que decidir significa romper para optar. Ninguno decide a no ser por una cosa contra la otra, por un punto contra otro, por una persona contra otra. De ahí que toda opción que sigue a una decisión exija una meditada evaluación en el acto de comparar para optar por uno de los posibles polos, personas o posiciones. Y es la evaluación, con todas las implicaciones que ella genera, la que finalmente me ayuda a optar. 
Decisión es ruptura no siempre fácil de ser vivida. Pero no es posible existir sin romper, por más difícil que nos resulte romper. Una de las deficiencias de una educadora es la incapacidad de decidir. Su indecisión, que los educandos interpretan como debilidad moral o como incompetencia profesional. La educadora democrática, sólo por ser democrática, no puede anularse; al contrario, si no puede asumir sola la vida de su clase tampoco puede, en nombre de la democracia, huir de su responsabilidad de tomar decisiones. Lo que no puede hacer es ser arbitraria en las decisiones que toma. El testimonio de no asumir su deber como autoridad, dejándose caer en la licencia, es sin duda más funesto que el de extrapolar los límites de su autoridad. 
Hay muchas ocasiones en las que el buen ejemplo pedagógico, en la dirección de la democracia, es tomar la decisión junto con los alumnos después de analizar el problema. En otros momentos en los que la decisión a tomar debe ser de la esfera de la educadora, no hay por qué no asumirla, no hay razón para omitirla. 
La indecisión delata falta de seguridad, una cualidad indispensable a quien sea que tenga la responsabilidad del gobierno, no importa si de una clase, de una familia, de una institución, de una empresa o del Estado. 
Por su parte, la seguridad requiere competencia científica, claridad política e integridad ética. No puedo estar seguro de lo que hago si no sé cómo fundamentar científicamente mi acción o si no tengo por lo menos algunas ideas de lo que hago, de por qué lo hago y para qué lo hago, si sé poco o nada en favor de qué o de quién, en contra de qué o de quién, hago lo que estoy haciendo o haré. Si esto no me conmueve para nada, si lo que hago hiere la dignidad de las personas con las que trabajo, si las expongo a situaciones bochornosas que puedo y debo evitar, mi insensibilidad ética, mi cinismo me contraindican para encarnar la tarea del educador, tarea que exige una forma críticamente disciplinada de actuar con la que la educadora desafía a sus educandos. Forma disciplinada que tiene que ver, por un lado, con la competencia que la maestra va revelando a sus alumnos, discreta y humildemente, sin alharacas arrogantes, y por otro lado con el equilibrio con el que la educadora ejerce su autoridad —segura, lúcida, determinada—.
Nada de eso, sin embargo, puede concretarse si a la educadora le falta el gusto por la búsqueda permanente de la justicia. Nadie puede prohibirle que le guste más un alumno que otro por x razones. Es un derecho que tiene. Lo que ella no puede es emitir el derecho de los otros a favor de su preferido. 
Existe otra cualidad fundamental que no puede faltarle a la educadora progresista y que exige de ella la sabiduría con la que debe entregarse a la experiencia de vivir la tensión entre la paciencia y la impaciencia.Ni la paciencia por sí sola ni la impaciencia solitaria. La paciencia por sí sola puede llevar a la educadora a posiciones de acomodación, de espontaneísmo, con lo que niega su sueño democrático. La paciencia desacompañada puede conducir a la inmovilidad, a la inacción. La impaciencia por sí sola, por otro lado, puede llevar a la maestra a un activismo ciego, a la acción por sí misma, a la práctica en que no se respetan las relaciones necesarias entre la táctica y la estrategia. La paciencia aislada tiende a obstaculizar la consecución de los objetivos de la práctica haciéndola «tierna», «blanda» e inoperante. En la impaciencia aislada, amenazamos el éxito de la práctica que se pierde en la arrogancia de quien se juzga dueño de la historia. La paciencia sola se agota en el puro blablá; la impaciencia a solas, en el activismo irresponsable. 
La virtud no está, pues, en ninguna de ellas sin la otra sino en vivir la permanente tensión entre ellas. Está en vivir y actuar impacientemente paciente, sin que jamás se dé la una aislada de la otra. 
Junto con esa forma de ser y de actuar equilibrada, armoniosa, se impone otra cualidad que vengo llamando parsimonia verbal. La parsimonia verbal está implicada en el acto de asumir la tensión entre paciencia e impaciencia. Quien vive la impaciente paciencia difícilmente pierde, salvo casos excepcionales, el control de lo que habla, raramente extrapola los límites del discurso ponderado pero enérgico. Quien vive con preponderancia la paciencia, apenas ahoga su legítima rabia, que expresa en un discurso flojo y acomodado. Quien por el contrario es sólo impaciencia tiende a la exacerbación en su discurso. El discurso del paciente siempre es bien comportado, mientras que el discurso del impaciente en general va más allá de lo que la realidad misma soportaría. 
Ambos discursos, tanto el muy controlado como el carente de toda disciplina, contribuyen a la preservación del statu quo. El primero por estar mucho más acá de la realidad; el segundo por ir más allá del límite de lo soportable. 
El discurso y la práctica benevolentes del que es sólo paciente en la clase hace pensar a los educandos que todo o casi todo es posible. Existe una paciencia casi inagotable en el aire. El discurso nervioso, arrogante, incontrolado, irrealista, sin límite, está empapado de inconsecuencia, de irresponsabilidad. 
Estos discursos no ayudan en nada a la formación de los educandos. Existen además los que son excesivamente equilibrados en sus discursos pero de vez en cuando se desequilibran. De la pura paciencia pasan inesperadamente a la impaciencia incontenida, creando en los demás un clima de inseguridad con resultados indiscutiblemente pésimos. 
Existe un sinnúmero de madres y padres que se comportan así. De una licencia en la que el habla y la acción son coherentes pasan, al día siguiente, a un universo de desatinos y órdenes autoritarias que dejan a sus hijos e hijas estupefactos, pero principalmente inseguros. La ondulación del comportamiento de los padres limita en los hijos el equilibrio emocional que precisan para crecer. Amar no es suficiente, precisamos saber amar. 
Me parece importante, reconociendo que las reflexiones sobre las cualidades son incompletas, discutir un poco sobre la alegría de vivir, como una virtud fundamental para la práctica educativa democrática. 
Es dándome por completo a la vida y no a la muerte —lo que ciertamente no significa, por un lado, negar la muerte, ni por el otro mitificar la vida— como me entrego, con libertad, a la alegría de vivir. Y es mi entrega a la alegría de vivir, sin esconder la existencia de razones para la tristeza en esta vida, lo que me prepara para estimular y luchar por la alegría en la escuela. 
Es viviendo —no importa si con deslices o incoherencias, pero sí dispuesto a superarlos— la humildad, la amorosidad, la valentía, la tolerancia, la competencia, la capacidad de decidir, la seguridad, la ética, la justicia, la tensión entre la paciencia y la impaciencia, la parsimonia verbal, como contribuyo a crear la escuela alegre, a forjar la escuela feliz. La escuela que es aventura, que marcha, que no le tiene miedo al riesgo y que por eso mismo se niega a la inmovilidad. La escuela en la que se piensa, en la que se actúa, en la que se crea, en la que se habla, en la que se ama. Se adivina aquí la escuela que apasionadamente le dice sí a la vida, y no la escuela que enmudece y me enmudece. 
Realmente, la solución más fácil para enfrentar los obstáculos, la falta de respeto del poder público, el arbitrio de la autoridad antidemocrática es la acomodación fatalista en la que muchos de nosotros nos instalamos. 
«¿Qué puedo hacer, si siempre ha sido así? Me llamen maestra o me llamen tía continúo siendo mal pagada, desconsiderada, desatendida. Pues que así sea». Ésta en realidad es la posición más cómoda, pero también es la posición de quien renuncia a la lucha, a la historia. Es la posición de quien renuncia al conflicto sin el cual negamos la dignidad de la vida. No hay vida ni existencia humana sin pelea ni conflicto. El conflicto hace nacer nuestra conciencia. Negarlo es desconocer los mínimos pormenores de la experiencia vital y social. Huir de él es ayudar a la preservación del statu quo. 
Por eso no veo otra salida que no sea la de la unidad en la diversidad de intereses no antagónicos de los educadores y de las educadoras en defensa de sus derechos. Derecho a su libertad docente, derecho a hablar, derecho a mejores condiciones de trabajo pedagógico, derecho a un tiempo libre remunerado para dedicarse a su permanente capacitación, derecho a ser coherente, derecho a criticar a las autoridades sin miedo de ser castigadas —a lo que corresponde el deber de responsabilizarse por la veracidad de sus críticas—, derecho a tener el deber de ser serios, coherentes, a no mentir para sobrevivir. 
Es preciso que luchemos para que estos derechos sean, más que reconocidos, respetados y encarnados. A veces es preciso que luchemos junto al sindicato y a veces contra él si su dirigencia es sectaria, de derecha o de izquierda. Pero a veces también es preciso que luchemos como administración progresista contra las rabias endemoniadas de los retrógrados, de los tradicionalistas —entre los cuales algunos se juzgan progresistas— y de los neoliberales, para quienes la historia terminó en ellos.

Fuente: bloghemia.com

¡SON VIOLENCIAS MACHISTAS!

La violencia tiene género y es violencia contra las mujeres

Este 25 de noviembre, la Plataforma por los Derechos de las Mujeres de Palencia, conmemora el día internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y queremos que todas las acciones y todos los actos en torno a esta fecha se extiendan todos los días del año. La lucha de la ciudadanía por una vida libre de violencias debe ser diaria. ¡Son violencias machistas!

Asistimos a un tiempo en el que la violencia machista se quiere invisibilizar por una parte de la sociedad, hacer cómo si no existiera, incluso la cambian de nombre. La violencia es machista y, es una realidad objetiva: en nuestro país supera la media de 60 mujeres asesinadas por año, estos crímenes los cometen hombres normales. No estamos diciendo que todos los hombres sean violentos, estamos diciendo que todos los que son violentos son hombres; “algo pasa con la construcción social androcéntrica de los hombres” (Luis Lorente Acosta).

Negar la violencia de género ha tenido un profundo calado social hasta el punto de llegar a tener representación parlamentaria. En Castilla y León padecemos está vergüenza. El feminismo lleva tiempo desmontando la construcción del patriarcado y ahora las nuevas masculinidades también. Pero siempre quedaban algunos reductos que lo cuestionaban, ahora se han organizado y niegan la violencia de género. Y pasa a ser un argumento político. Pues vamos a gritar bien fuerte: La violencia tiene género y es violencia contra las mujeres ¡¡son violencias machistas!! y negarlo es querer evitar una verdad incómoda.

El movimiento feminista de Palencia, quiere proclamar la desaprobación y la total condena a la política machista que propone VOX y el gobierno del PP que, niega la historia de la violencia sufrida por las mujeres.

Estas políticas ultraconservadoras tienen como objetivo: declarar la guerra al feminismo y los valores que representa la igualdad. Quieren negar la violencia de género. La violencia tiene género y es violencia contra las mujeres. SON VIOLENCIAS MACHISTAS

Hay un claro retroceso patriarcal y hace falta tener memoria: desde 2019 se han incrementado de 600 a 1600 los casos de violaciones en grupo. Entre el 70% y 80% de los casos de agresiones, el agresor es un hombre. Aunque no todos los hombres son violentos, los hombres están socializados en la violencia.

Más allá de la violencia en el ámbito de la pareja o expareja, existen otras muchas violencias que no son visibles, pero son igualmente preocupantes. En los últimos años asistimos:

  • Notable incremento de los discursos de odio y violencia contra las mujeres en las redes sociales (el 76% de las mujeres han cambiado sus conductas por miedo a sufrir ciberacoso) y son violencias machistas
  • Hay situaciones que la violencia de género tiene un impacto específico sobre mujeres racializadas (recogida de la fresa) y son violencias machistas
  • Hay exclusión manifiesta contra las mujeres con diversidad funcional, en situación de sinhogarismo o de pobreza y ¡son violencias machistas!
  • Hay discriminación y olvido de las mujeres refugiadas, desplazadas, migradas y/o sin papeles ¡¡¡Son violencias machistas!!!
  • Hay brecha salarial, hay desempleo o empleos precarios femeninos. Son violencia machista
  • Hay mujeres mayores solas, hay mujeres que se dedican a los cuidados con poco o ningún reconocimiento ¡¡SON VIOLENCIAS MACHISTAS!
  • La violencia obstétrica y la vulneración de derechos sexuales y reproductivos.
  • La violencia de segundo orden, esto es, las represalias, las humillaciones y la persecución ejercidas contra las personas que apoyan a las víctimas de violencia machista.
  • La violencia vicaria, entendida como cualquier tipo de violencia ejercida contra las hijas y los hijos con el fin de provocar daño psicológico a la madre.
  • Por último, queremos destacar el impacto y la indignación que nos producen las violencias sexuales, las cuales nos sacuden intensamente. También, son violencias machistas

Está en manos de todas las personas que formamos esta sociedad la dignidad de extinguir el patriarcado y su ideología machista. No podemos olvidar que es necesario activar y conectar el sentimiento de responsabilidad en los hombres, para que de manera individual y colectiva señalen las conductas y actitudes machistas propias y de sus iguales, y se alejen de ellos. Es necesario desobedecer los mandatos de la masculinidad más tradicional y dominante que se alimentan muy a menudo en las redes, en los espacios de creación (películas, publicidad, pintura, canciones, novelas, etc.) Necesitamos crear nuevos referentes para construir miles de masculinidades responsables, libres, igualitarias, inclusivas y cuidadoras.

No podemos olvidar que las redes sociales, utilizadas a favor de la de las mujeres, también son un instrumento de apoyo mutuo y de sororidad y que pueden convertirse en un canal de denuncia y de visibilización de muchas formas de violencia machista. Por eso, es necesario potenciar las redes sociales con perspectiva feminista, para que se conviertan también en instrumentos de concienciación y supervivencia dentro del sistema patriarcal.

Hoy, 25 de noviembre, en Palencia queremos reiterar todo nuestro apoyo y empatía a las supervivientes y su entorno. No podemos seguir consintiendo que las mujeres vivan con miedo, con la libertad coartada por la amenaza de unas agresiones sexuales que ya deberían estar desterradas de una sociedad democrática y libre. La violencia tiene género y es violencia contra las mujeres. ¡¡ES VIOLENCIA MACHISTA!!

Las mujeres, para asegurar nuestros derechos y transformar la realidad, demandamos medidas concretas que pongan fin a esta grave violación de los derechos humanos:

Reivindicaciones.

  • Es necesaria una educación sexual en todos los ámbitos: familiar, educativo, digital, cultural… Impulsando acciones para garantizar la salud y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y niñas en España y en todo el mundo.
  • Establecer un ingreso mínimo vital (IMV) para todas las mujeres que han sufrido y sufren violencia machista, sin discriminación por motivos raciales, étnicos, administrativos.
  • Es importante denunciar las agresiones y atender a las mujeres que denuncian, pero también es importante detener a los agresores antes de que actúen.
  • Generar espacios seguros para las mujeres que sufren las violencias y sensibilizar a las instituciones y a las personas encargadas de garantizar su integridad física y emocional para evitar la revictimización.
  • Mejorar los mecanismos de detección de riesgo y acción de las instituciones y los sistemas de recogida de datos.
  • Acabar con el escandaloso silencio sobre la violencia de género en el mundo rural.
  • Mejorar y ampliar el Programa de Inserción Sociolaboral para mujeres víctimas de violencias machistas que, hasta la fecha, se muestra ineficaz debido a sus escasos datos.
  • Promover una regularización de las mujeres en situación irregular para garantizar su acceso a medidas de protección que garanticen que no son excluidas.
  • Apoyar a las mujeres de todo el mundo: iraníes, afganas, las mujeres que viven el conflicto entre Rusia y Ucrania
  • Implementar medidas de protección y prevención frente a las redes de trata de personas, incrementando los esfuerzos para identificar a los responsables y asegurar que son juzgados.
  • Reconocer a las mujeres prostituidas como mujeres sometidas y acabar con las prácticas sexuales denigrantes donde los puteros ejercen el poder de una forma violenta.
  • Promover programas que eduquen en la igualdad y la corresponsabilidad de género desde edades tempranas.
  • Apoyar a las organizaciones que trabajan en la prevención, atención y reparación a sobrevivientes de violencia con fondos que garanticen su labor y un apoyo político que impulse su participación en la toma de decisiones.
  • Fortalecer con presupuestos suficientes los recursos humanos y asegurar que los programas implementados por las comunidades autónomas tengan una duración plurianual con objetivos claros e indicadores de ejecución que permitan la medición, seguimiento y evaluación del resultado en términos de eficacia, eficiencia, economía y calidad.
  • Establecer un control educativo y social sobre la pornografía como una forma de perpetuar el sistema patriarcal.
  • Denunciar la hipocresía con las prácticas de vientres de alquiler donde el deseo de paternidad y maternidad enmascara la violación de los derechos de las mujeres.

Hoy es día25 de noviembre, en el que se recuerda que la violencia sí tiene género, y que es violencia contra las mujereshoy las mujeres nos queremos diversas, libres, rebeldes, seguras y vivas.

Sí son ¡VIOLENCIAS MACHISTAS!

LAS MUJERES NOS QUEREMOS LIBRES, NOS QUEREMOS REBELDES, NOS QUEREMOS SEGURAS, LAS MUJERES NOS QUEREMOS VIVAS.

¡Palencia en alto! Las mujeres vivas, las mujeres libres, las mujeres seguras, las mujeres rebeldes.

Contra las violencias machistas, siempre NO

Manifiesto EFE FEUP – Palencia

La voz de las mujeres rurales, vivencias feministas con Manuela Gutiérrez Moreno – FemUP Cáceres

El proyecto FemUP Cáceres. De lo local a lo global parte de anteriores colaboraciones con la FEUP y la EFE UP Paca Aguirre en materia de igualdad que se traducen en el emprendimiento de diferentes acciones en el entorno local para mejorar las condiciones de igualdad entre mujeres y hombres tomando como referente el feminismo, la formación y el aprendizaje como motores de cambio y el papel de las Universidades Populares como aliadas para el desarrollo social global a través de la democratización cultural y la promoción de la participación que ejercen a nivel local.